Acto I
El vacío que engendra
Del Caos brota Gea, y de Gea, Urano
Al principio no había nombres. No había arriba ni abajo, ni palabra para la noche, porque la noche no se distinguía aún de su contrario. Sólo había Caos: una sima sin forma, anterior a toda cosa, en la que cabía todo porque todavía no era nada.
De ese vacío surgió Gea, la Tierra firme. No la engendró nadie. Emergió sola, como primer suelo posible. A partir de ella podía empezar a existir lo que tuviese peso, raíces, contorno.
Gea, que estaba sola, engendró sin pareja a Urano, el Cielo, para tener consigo a alguien igual de vasto, alguien que la cubriera por entero. Urano se desplegó sobre ella estrellado, y el abrazo de los dos, madre e hijo a la vez, fue la primera unión del mundo.
De esa unión nacieron los doce Titanes, fuerzas viejas anteriores a los dioses como hoy los conocemos. Nacieron también los tres Cíclopes, hijos de un solo ojo en mitad de la frente. Y los tres Hecatónquiros, gigantes de cincuenta cabezas y cien manos cada uno.
El cosmos empezaba sin plan. Empezaba por superposición, por contacto, por una madre que se había engendrado a sí misma un techo y lo había llenado de hijos.
Acto II
El padre que rechaza
Urano sepulta a sus hijos en el vientre de Gea
Urano miró lo que había engendrado y le dio asco. Los Cíclopes con su único ojo, los Hecatónquiros con sus cien brazos: en su perfección celeste no quería esa progenie informe.
No los mató. Hizo algo peor. Los empujó de vuelta al vientre de Gea, uno a uno, conforme nacían. Los devolvió al lugar del que habían salido, condenándolos a permanecer ahí, vivos, sin luz, sin salida.
Gea sintió cada hijo dentro de sí. Sintió el peso de los Titanes apretados contra sus entrañas, el latido de los Cíclopes, los cien puños cerrados de cada Hecatónquiro. Su cuerpo, que era la Tierra entera, no daba abasto.
El dolor no era reproche. Era diagnóstico. Su pareja, que era también su hijo, había decidido que el mundo de superficie le pertenecía sólo a él. Lo nacido de ella debía seguir dentro de ella.
Gea, callada, empezó a forjar otra cosa.
Acto III
La hoz de pedernal
Cronos corta y nace lo que vendrá
Gea forjó en sus profundidades una hoz de pedernal gris, dura como hueso. Llamó a sus hijos Titanes uno por uno y les contó el plan. Once oyeron y bajaron la mirada. El menor, Cronos, levantó la mano.
Esa noche, cuando Urano descendió como cada noche a cubrir a la Tierra, Cronos esperaba escondido en el límite donde el cielo y la tierra se tocan. La hoz estaba afilada. El gesto fue uno solo.
De la herida del Cielo cayeron tres clases de cosas. Cayó la sangre, gota a gota, sobre el suelo: y de cada gota brotaron las Erinias, vengadoras eternas del que mata a un padre. Cayeron también, sobre Gea, los Gigantes y las ninfas Melias.
Y cayó al mar el sexo arrancado, que flotó largo tiempo formando una espuma blanca. De esa espuma se elevó Afrodita, ya completa, ya hermosa, ya con todo el peligro de su poder: el deseo, lo que mueve sin razón.
Urano, mutilado, se replegó hacia arriba. Nunca más volvería a tocar a Gea. El cielo se separó de la tierra y nació, en ese hueco intermedio, el espacio donde podía ocurrir lo demás: el aire, los días, las generaciones siguientes. Cronos, hoz aún en la mano, era ya el nuevo rey.