Acto I
El descenso
Cruza la Estigia, sin moneda
Orfeo bajó al Hades cantando. Su lira, regalo de Apolo y maestrada por las musas, no era un instrumento más. Ablandaba el aire, detenía la corriente de los ríos, callaba a las bestias guardianas del umbral.
Lo que lo empujaba a bajar era simple. Eurídice, su esposa, había muerto el día mismo de su boda, mordida por una serpiente entre la hierba. Orfeo decidió hacer lo que ningún vivo había hecho.
A la entrada del inframundo lo esperaba Cerbero, el perro de tres cabezas. Le bastaron tres notas para dormirlo.
Caronte, el barquero, cobra a cada alma un óbolo para cruzar la Estigia. La moneda se pone bajo la lengua de los muertos al enterrarlos. Sin esa moneda, ningún alma pasa al otro lado. Y a los vivos, no los lleva.
Pero Orfeo no llevaba moneda. Llevaba canción. Y Caronte, que en mil años nunca había dejado pasar a nadie sin pago, esa vez lo hizo. La música paga distinto.
Las almas que esperaban en la otra orilla se quedaron quietas, escuchando. La barca cruzó el río negro como si el remo cortara aire en lugar de agua.
Acto II
El pacto
Hades acepta, con una regla
Frente al palacio del rey del inframundo, Orfeo afinó la lira y cantó. Cantó quién había sido Eurídice, la mañana de su boda, la luz en la hierba antes de la serpiente. Cantó por qué un vivo bajaba a buscarla.
Las Furias, que castigan sin cansarse, lloraron por primera y única vez. La rueda de Ixión, que gira eterna, se detuvo. Sísifo dejó la piedra a mitad de la cuesta y se sentó a escuchar. Tántalo olvidó su sed.
Hades escuchó desde su trono. A su lado, Perséfone, reina del inframundo medio año y reina de los campos el otro medio, supo lo que sentía Orfeo. Ella misma fue arrancada del mundo de arriba por este mismo dios.
Conmovido como nunca lo había estado, Hades aceptó. Eurídice volvería al mundo de los vivos. No por lástima ni por debilidad: porque la canción había probado algo que el infierno no podía discutir.
Pero puso una condición. Orfeo iría delante. Eurídice, detrás, seguiría sus pasos por el túnel hasta la luz. Y él no debía mirar atrás. Ni una vez. Hasta haber salido del todo.
Acto III
La mirada
Lo pierde por dudar al final
Subieron por el túnel. Orfeo delante, la lira al hombro. Eurídice detrás, recién devuelta a la sombra de cuerpo que las almas conservan al cruzar.
Orfeo oía pasos. A veces los oía claros, a veces apenas. A veces creía oír otra cosa, una sombra distinta siguiéndolo, un truco del dios.
La luz del mundo de arriba se acercaba. Faltaban metros. Faltaba un paso.
Sintió miedo. Miedo de no oírla. Miedo de que el dios lo hubiera engañado, de estar guiando a un fantasma o a nadie. Miedo, sobre todo, de la pregunta que no había hecho: si era de verdad ella la que volvía con él.
Se giró.
Eurídice estaba ahí, detrás de él, y ya empezaba a desvanecerse. Le tendió la mano. La palabra que dijo, adiós, fue la última que él escuchó de ella.
La perdió por una mirada. La perdió por dudar al final. El mito no lo juzga. Sólo lo cuenta.